domingo, 14 de septiembre de 2008

Apuntes

Olvidé todo lo que quería decir. Todo es tan predecible y tan inesperado. La palabra todo, que incompleta y fatua. La palabra palabra, como rima con abracadabra. Abrapalabra, y de los signos brotan sentidos como conejos del sombrero del mago. Hoy conversé con las cucarachas y los caracoles. Jugamos naipes en la oscuridad.

*

Paula, una hija de Cortázar, me dice:
“Cuanto mejor es el libro que leo, más me repugna”.

*

La mañana perversa desdibuja los hallazgos de la noche.
El sol nos somete a la luz.
Pero siempre hay un sótano o un adentro.

*

“El sonido es la sombra del silencio” escribió un amigo. “Gusanos de luz las palabras de los otros”, o algo parecido, dijo alguna vez otro poeta.

*

Espero la micro pero la dejo pasar. Es domingo en la tarde, hay poca gente en las calles, estoy absorto en cosas mínimas y disfruto de la maravillosa lentitud del día. Ahora tengo ganas de caminar y tararear algo de Spinetta.

*

Todo es tan redundante como una lámpara encendida a mediodía en pleno verano.

*

Ahora llueve y oigo el motor de una vieja citroneta azul, que atraviesa lenta una calle cualquiera. Así quisiera atravesar la ciudad. O mejor aún en una carreta tirada por caballos viejos que gusten de contar historias.

*
Pero aquí no hay carretas ni caballos con historias. Repentino silencio.


A.F.C.

domingo, 31 de agosto de 2008

Metro TV: la entretención total


Recuerdo que en las antiguas micros de Santiago uno podía leer esto: "La radio de este vehículo puede funcionar a un volumen moderado y siempre que ningún pasajero se oponga". Era un derecho que podía reclamarse o no, pero que existía. ¿Por qué en el Metro no está esa leyenda?

Sería bueno poder decirle a un guardia: sabe que me molesta la TV, ¿podría apagarla? ¿Por qué tenemos que estar obligados a soportar la TV encendida continuamente en los andenes y los carros? Y luego bajarse y caminar por el centro con música de supermercado de fondo... Parece que en esta ciudad, la "entretención" es un deber al que no se puede renunciar.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Estreno en Chile: 4 meses, 3 semanas y 2 días

Por Marcelo Morales

Es 1987 y el régimen de Nicolas Ceaucescu parece firme. El mercado negro permite darse algunos gustos -como fumar cigarrillos importados o usar cremas faciales-, pero fuera de ello, todos los personajes de esta cinta rumana ganadora en Cannes 2007, viven sobre una calidad moral que se mueve entre lo siniestro y lo amargo. Cada conversación termina mal y nadie es sincero con el otro. Un oscuro panorama que impresiona por como es retratado. No abundan los diálogos, sí las largas secuencias, junto a planos fijos y contemplativos que profundizan las amargas miradas.

Es ahí donde una joven estudiante ayuda a su amiga a abortar -acto ilegal que no se explica ni se ve en pantalla-, algo que a la larga hace aflorar más las humillaciones de vivir en un ambiente represivo que algún sentimiento de culpa. Eso, es finalmente, lo que hace de este debut de Cristian Mingui tan potente y excelente. Su idea no es achacarnos con alguna lección de vida, lo de él es hacer un retrato de vivir con las palabras atragantadas, de vivir con los sentimientos amarrados. Y lo logra como en las mejores películas.

(Fuente: La Tercera)

sábado, 26 de julio de 2008

The Hives en Chile!

El grupo sueco The Hives tocará el 10 de septiembre en el Teatro Caupolicán. Para que no digan que no se los dije:

domingo, 20 de julio de 2008

Hugo Marín: imperdible


Se están presentando dos exposiciones simultáneas de Hugo Marín en Santiago: una, hasta fines de julio en la galería de Isabel Aninat (Espoz 3100, en la opulenta y aséptica Vitacura), titulada "Las cuatro razas primordiales son tres: la azul y la verde", con un notable conjunto de obras recientes; la otra, en el Museo Nacional de Bellas Artes, se titula "Reducirse al máximo" y es aún más interesante, ya que albergará hasta septiembre un conjunto más amplio de obras nuevas y antiguas, instaladas en la sala Matta que para el caso reproduce el taller del artista. Ambas, imperdibles.

"Hay cuatro razas representadas, y cuatrocientas y ninguna; porque aquí, como en toda su obra, lo importante es lo que no está representado, sino aquello que su obra nos presenta: atisbos del silencio primero, asedios al ser profundo", dice Guillermo Carrasco Notario, curador de la exposición del MNBA, en su ensayo "Marín. Del Silencio a la forma", editado por Ocho libros.

La publicación, en formato de bolsillo y de bella factura, incluye fotografías de algunas obras de Hugo Marín por Mario Vivado y un encendido prólogo de Alejandro Jodorowsky, viejo amigo del artista. Sobresale la agudeza y estilo del ensayo de Carrasco, que ahonda primero en la obra y luego en la biografía de Hugo Marín, presentándonos el trabajo más completo hasta ahora sobre el artista, haciendo una notable introducción al rico mundo que nos fascina y nos inquieta de esas esculturas de cuero o barro de sus "cabezas", de esa ancestralidad siempre nueva y transfigurada. Lejos de la árida "jerga especializada" de algunos críticos de arte, profundo y lúcido en sus reflexiones y alcances, el libro es otra buena noticia para nuestra estética y nuestra ensayística, que no desmerece de las obras que lo inspiran. También, imperdible.

A.F.

lunes, 7 de julio de 2008

Un poema de Hernán Miranda

En la oficina de mi nuevo trabajo hay un pequeño estante con libros. Curioseanado, encontré una antología del poeta Hernán Miranda, y adentro, este poema:


EL TIEMPO ES UN SEVERO FISCAL AGAZAPADO ENTRE LAS RUINAS

Algún día uno retornará al lugar
donde cometió su crimen
o al sitio en que su infancia ha transcurrido

Se cruza entonces temblando el umbral
que separa a cada cual de su propio pasado
Y uno va mirando azorado en una y otra dirección
Una poderosa fuerza lo va impeliendo
siempre adelante

Uno teme que alguien se asome por una ventana
Que alguna anciana escoba en mano
lo señale excitada con el dedo
y clame a gritos pidiendo atrapar al forajido

Todo mortal está condenado a retornar un día
allí donde el tiempo es un severo fiscal
agazapado entre las ruinas.


Hernán Miranda

viernes, 4 de julio de 2008

Versión de This be the verse, de P. Larkin

Mi querida amiga Virginia Gutiérrez escribió una versión libre de "This be the verse", de Philip Larkin, que me ha dejado publicar. Hela aquí:

this be the verse

te cagan la vida, tu papá y tu mamá. y eso
que no es eso lo que quieren.
te culpan de todo lo que se culpaban
y de lo que no también, por si acaso.

pero a ellos también les hicieron eso.
tontos graves de abrigo y corbata
que engañaban a medio mundo haciéndose los serios
y sensibles, y después peléandose en los pasillos

nos hacemos sufrir, el hijo al padre
se ahonda, como el mar o las cosas
y por eso debes irte cuando puedas
y no ser padre ni hijo, ni escribir


Philip Larkin
(versión libre de Virginia Gutiérrez Berner)
Puede consultar la versión original, aquí.

sábado, 28 de junio de 2008

La ruleta rusa de Felipe Moncada

(“Músico de la corte”, Felipe Moncada, Editorial Fuga, Valparaíso, 2008)

por A.F.

Finalmente, creo que no comulgo con el sin-sentido, a menos que tenga sentido. Los surrealistas lograron habilitar otras vías de conexión con el inconsciente y los que eran poetas lograron estremecernos. Así han venido otros, como Celan o Rosamel del Valle que nos dieron bellos enigmas, autónomos y no referenciales. Cuando la poesía se muestra a partir del sin-sentido, tenemos otro tipo de conexión con el misterio, con lo no-nombrado. Eriza no entender y sin embargo entender. Pero cuando el sin-sentido es un mero tirar de dados para hacer algo literariamente novedoso o inteligentemente conceptual, es sólo artificio, retórica fácil, texto vacío.

Ya lo sé: Dios no es tarado

ni compone arrojando dados

como charlatán de feria.

Es tan difícil escribir sobre los compañeros de ruta, tener que leerlos empañando sus libros con nuestro ánimo de momento. Por eso la crítica me parece siempre relativa y sólo importante cuando construye puentes entre un hipotético lector y la obra en cuestión. Y esos puentes siempre serán distintos, incluso sin son construidos por la misma persona en diferentes momentos. Hoy, domingo brumoso, releo “Músico de la corte”, de Felipe Moncada (1973), y veo en él un divertimento que tiene sentido, y que no es un invento para agradar a la corte que quizás somos nosotros mismos.

En tono de opereta y bellamente ilustrado con dibujos de Pablo Valdés, este libro construye sentido a partir del juego y del ritmo, de imágenes excéntricas y un oído definitivamente contemporáneo, que no se deshace completamente de la racionalidad y se permite intelectualizar sus intuiciones, inscribiendo su obra en el ahora del arte contemporáneo.

Así, el sin-sentido, en Moncada, no es un dictado automático del inconsciente. Aquí hay intención y dados cargados. Una amalgama de tradiciones diversas, bien asimiladas y desacralizadas, que en Chile podríamos vincular a la obra temprana de Huidobro o a la coloquialidad de Parra, pasando por Lihn y Teillier, con Li Po entre medio y una informada cultura musical. De todos modos, no es una colección que se aleje completamente de lo discursivo, sin que eso sea un reproche. Quiero decir: esto no es música de supermercado, despolitizada, seudo-estetizante y aséptica como la que escuchamos en el Paseo Huérfanos o leemos en otros poetas “de avanzada”. Quizás este verso sea un buen botón de muestra: “Mi destino es un aro de luz /y no una estrella en la camisa”.

Pero es eso y más y menos. Moncada me parece interesante porque se conecta con una cotidianidad trascendente y a la vez situada, que pese a desacralizar no olvida que pertenecemos a un todo misterioso, a una verdad que nos desborda, que es sugerida sin gravedad. No se queda en el gesto metapoético anti-metafísico. Hay una vida poética interior que bulle y se nos presenta, a veces balbuceante, a veces lúdica, con un humor que se conecta sutilmente con lo trágico:

Solamente me entrego (dijo)

si demuestras la existencia del silencio

elegí un cementerio en la costa

y puse un par de nubes en la pecera

varios días sin comer me dieron la pista:

debía caminar en espirales

respirando lo mínimo posible

entonces la nube comenzó a vibrar

penetrando cada milímetro de pasto

y se logró el silencio por vez primera

cosa que luego se volvió rutina.

El sanfelipeño Moncada está construyendo un tono bastante personal y digno de la mayor atención. Quiere escuchar “los engranajes del aire” y que oigamos “el vacío del mundo”, mientras nos sugiere que “toda melodía es una conjetura”.

Al citarlo, me doy cuenta lo inútil de glosarlo. Así que dejo este “oficio de tinieblas” y le cedo el final acorde: “no estoy para fantasías mecánicas /así que vuelve mi sombra a su bajo perfil // olvida mi poesía de ruleta rusa”.

martes, 24 de junio de 2008

Un poema de Fenelón Arce

Fenelón Arce (1900-1940) es un poeta chileno que falleció sin publicar libro alguno. Algunos de sus poemas quedaron dispersos en revistas y antologías. Formó parte de la generación renovadora de nuestra poesía en la década de 1920, junto al grupo "Ariel", que integraron también su hermano Homero, Rosamel del Valle, Juan Florit, J. Moraga Bustamante y el dibujante Efraín Estrada Gómez. Sabemos que dejó dos libros inéditos y que permanecen perdidos, seguramente para siempre. Pero algo quedó:

POEMA

Ataúd de regocijos, mi corazón toca el timbre entusiasmado
por ti, niña dolorida, y tus manos encima del horizonte;
tu risa está saltando en el columpio de estas horas:
vidriera de novedades, estás mostrando el juguete espontáneo
de tu corazón, en tanto detrás de esta neblina te contemplo.
No preguntes por qué desdoblo tu nombre entre mis manos,
mientras suenan a orquesta tus palabras de jueves,
he pasado esta noche amarrando recuerdos tuyos
con el lienzo de tus últimas actitudes nocturnas;
en torno mío ha reventado un cohete de silencio,
niña, te has disfrazado ante mis ojos primitivos,
corzo de flores o frasco de esencia, algo así te adivino
desde este vehículo en que viajo por la vereda de los vientos;
delante de ti no hay nada ni del viento ni mío,
mi nombre era una pastilla en tus labios frutales,
murió en tu corazón tu traje de novia y mis regalos,
queda el cartel de mi cariño en la muralla de tu olvido.

(En Poetas Jóvenes de América, de Alberto Guillén. Madrid, Aguilar, 1930, p.108).

martes, 10 de junio de 2008

La necesidad de nombrar

Por José Miguel Ruiz

En general nos movemos por el mundo sin nombrar las cosas. Vemos, por ejemplo, un pájaro en una rama y decimos que es un pájaro y donde está... en un "árbol". No decimos "es un tordo en un cedro", "una eufemita en el magnolio", "una loica en el espino", "un zorzal en el abeto", y si bajamos la vista no sabemos llamar a la vincapervinca, al helecho, a las pequeñas plantas que hallamos y hollamos a nuestro paso. Somos un poco, o bastante, extranjeros en este mundo. Caminamos sin poder nombrar. Nos faltan las palabras precisas. Paseamos por la plaza y pocos son capaces de llamar a cada árbol por su nombre.

Qué distinto sería todo si pudiéramos reconocer a los árboles y plantas que encontramos por cualquier parte y darles su nombre exacto (no estoy pensando en la terminología científica, propia de los especialistas): plátanos orientales, álamos, olivos, cedros, abetos, abedules, encinas, ceibos, cipreses, laureles, magnolios, pimientos, sauces, eucaliptos, jacarandaes, aromos, acacios, ficus, boldos, peumos, litres, canelos, saucos, gomeros, buganvillias, abutilones, jazmines de España, jazmines del cabo, la flor de la pluma, madreselvas, diamelos, lilas, maitenes, el cedrón, camelias, laurel, rosa, fucsias, hortensias, espuelas de galán, achiras, fresias, azucenas, lirios, jacintos, narcisos, violetas, la flor del loto, acantos, docas, agaves, crategus, ligustrinas, nogales, paltos, damascos, granados, ciruelos, almendros (no decimos etcétera todavía, de adrede, por el solo gusto de nombrar), higueros, maquis, papayos, y muchos más. O ir por la ribera y poder nombrar a cada una de las hierbas que encontramos. Nos sentiríamos más en casa, más parte de este planeta nuestro, tan diverso, tan pleno de elementos y cosas por nombrar.

Pero se enseña poco el nombre de las plantas. En los colegios debería al menos un ejemplar de cada especie de árbol tener escrito su nombre. El profesor de Ciencias Naturales quizás podría llevar "a terreno" a sus alumnos y ponerlos en contacto con "el mundo en que vivimos", enseñarles a reconocer y a nombrar la naturaleza y con ello crear "la necesidad de nombrar". Una salida al campo, a las plazas, sería muchas veces más útil que el permanecer entre las paredes de la sala de clases. Aprenderían nuestro niños y jóvenes los nombres de los que nos acompaña a diario, de la vida en otra de sus manifestaciones, y de ahí al respeto por la naturaleza hay sólo un paso. Se respeta más lo que nombramos. Con el nombre las cosas salen de su "ser-genérico" y se nos hacen familiares.

Un día supimos de un profesor que le pidió a un joven que no estaba muy interesado en clases que saliera al patio y que le trajera anotado en su cuaderno los nombres de cada uno de los árboles y de las plantas que hallara. Este regresó sólo con un par de nombres y con el descubrimiento de que vivía en un mundo ignorando mucho de lo cotidiano de su entorno. En el fondo, era un extranjero en su propio colegio.

Mirar en la noche las estrellas y contemplarlas ya es mucho, y hermoso; pero cuando estas empiezan a ser nombradas. Orión, las Tres Marías, la Cruz del Sur, Escorpión, las Pléyades, la Constelación del Toro, ocurre que nos sentimos parte no sólo del planeta sino de un universo que empezamos a reconocer y a nombrar. Somos, entonces, ciudadanos del mundo y del universo.

Ver volar las aves y llamarlas por su nombre: queltehues, tordos, zorzales, jilgueros, loicas, triles, tencas, perdices, diucas, codornices, tortolitas, gorriones, gaviotas, alcatraces, cormoranes, y reconocer la solitaria eufemita, o con su pareja, libando en los abutilones, el escurridizo chercán, el casi doméstico chincol, el búho, la lechuza, el tiuque, el jote, todo esto contribuirá a hacernos menos solitarios, a que nuestras raíces se extiendan en nuestro planeta o, al menos, en nuestro lugar cotidiano. Y no pensemos que haya que aprender siempre estos nombres en los libros, ni en el jardín botánico ni en el zoológico, sino donde están mejor que en ninguna parte; ahí en nuestro entorno.

Alguien, o todos, en la escuela tiene que enseñar a nombrar lo que nos rodea, y ese maestro será inolvidable, porque generó en sus alumnos "la necesidad de nombrar". Con ello, cada uno podrá decir: "Vivo en un mundo que nombro, esto es, próximo, conocido, familiar...". En suma, en donde, en mayor medida, sabemos cómo nos llamamos. Desde allí, lo fraterno está más cerca.

(Publicado originalmente en El Líder de San Antonio el 6 de noviembre de 2001)