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miércoles, 28 de octubre de 2009

Luis Weinstein: El “chamán new age” del tiempo


por Andrés Florit C.


Al fotógrafo y conductor del mini programa
TV Tiempo le atrae también la física y estudió algunos años de ingeniería y matemáticas, además de periodismo. Por ello, no es raro que afronte el tema del tiempo desde varias perspectivas, mientras continúa noche a noche anunciando el futuro para miles de chilenos.


Luis Weinstein es reconocible desde lejos, no sólo por su altura (1.94 m.), sino por ser el rostro que desde hace doce años anuncia por TVN lo que sucederá al día siguiente en materia de lluvias y calores para las distintas localidades de nuestro país, a través del mini programa TV Tiempo. Este oficio, que no le demanda mucho tiempo, le resulta muy cómodo para dedicarse el resto del día a lo que realmente le interesa desde hace más de 30 años: la fotografía. Confiesa que no puede salir de su casa sin su cámara y que cada vez está más convencido que uno “sólo toma una foto que va repitiendo infinitas veces”.

Con una trayectoria artística reconocida y una visibilidad mediática que lo divierte, Weinstein mantiene una sencillez y un buen humor ajeno a cualquier tipo de estrellato. Llega con el pelo desordenado, saluda a los mozos que lo reconocen y no imposta la voz ni lanza discursos prefabricados. Conversa distendidamente y está siempre con su ojo de fotógrafo atento: “Mira allá al fondo, esos gallos hablando por un computador metidos adentro de una villa romana”, me dice a poco de llegados, por unos clientes del café que están con un mural a sus espaldas que pareciera contenerlos.

Este tipo de cruces cotidianos y el poder de la imagen en la sociedad actual son temas centrales en la obra de Weinstein: “Para mi gusto es muy fuerte. Ahora te ponen el edificio en la vereda proyectado y una familia feliz mirándote pegada al lado del edificio, que es más grande que tú, y de repente ves a alguien en la vereda del frente que va caminando delante de eso y está un poco adentro del edificio y afuera... ahí te das cuenta del poder que tiene, que puede acarrear una carga simbólica importante. Tú tienes que poder leer esa cuestión, no puedes ser ingenuo frente a eso, no puedes dejarte embaucar tan fácilmente”.

El fotógrafo es además periodista y aficionado a las revistas de divulgación científica. Estudió algunos años ingeniería y otros tantos matemáticas. Y por cierto, hizo cursos de meteorología. “La meteorología está instalada dentro de la teoría del caos en términos de matemática. Es un sistema que pretende resolver, pero tiene más preguntas que soluciones, tiene más variables que ecuaciones, no alcanza a resolver, no da, entonces siempre que ocurrió un evento meteorológico puedes ir para atrás y decir claro, obvio, con esta presión, con esta temperatura, con esta velocidad de viento, es obvio que haya pasado esto. Pero antes, cuando tienes solamente esa presión y esas variantes, no eres capaz de decidir que esa va a ser la situación que va a ocurrir”.

Sin embargo, los meteorólogos han logrado anunciar de manera cada vez más exacta lo que sucederá. Y Weinstein, bromeando, ha dicho que su mayor vanidad es ser “el señor del tiempo”, por lo que es inevitable preguntarle si se siente más señor del tiempo cuando anuncia el futuro o cuando retiene el presente en una foto: “Cuando anuncio el futuro, claro. El chiste de la cuestión es anunciar el futuro, es toda la gracia que tiene, que finalmente, si tú piensas, somos los únicos que hablamos del futuro, además con esta aura de verdad que es muy particular, y eso te da un estatus como de chamán new age”.

Tiempo y fotografía

Bromas aparte, el tiempo es un tema que lo cautiva y en este sentido reconoce a Borges como uno de sus autores de cabecera. Recordamos aquel relato en que el argentino cuenta: “Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente. Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable”.

Tlön es un mundo imaginario, pero refleja un enigma real y verdadero, que Weinstein no elude: “Tú estás haciendo un recorte de algo que desde donde tú estás parado y a la velocidad que te encuentra va a ocurrir en ese instante, y más te vale estar listo... por eso yo siempre ando con mi camarita listo para recortar esas lonjas. Ahora, según muchos físicos teóricos actuales, en los libros de divulgación que yo leo -no soy científico de verdad-, el espacio-tiempo es como un pan de molde que tu lo puedes cortar así (verticalmente), que es la visión que nosotros tenemos, pero también lo puedes cortar así (en diagonal), y tú desde acá (este corte te lo da también la velocidad) deberías estar parado ahí mismo viendo una cuestión que en principio para ti ya pasó o estar viendo algo que está por venir”.

No es casualidad, entonces, que al preguntarle sobre qué es lo primero que le viene a la mente si le mencionan la palabra tiempo, la respuesta sea “la rueda del obturador”. Pero la relación entre tiempo y fotografía tiene también otras aristas: “La fotografía vive en el tiempo, es su materia prima... entonces la afecta en todo. Hay todo un tema con la conservación que no es menor, porque finalmente este gesto romántico de tratar de preservar instantes y perspectivas en particular, si van a durar poco preservadas, es un salto en el aire; no sirvió mucho todo el esfuerzo que hiciste, el tiempo que invertiste y todo, porque al final se te fue igual, se diluyó, se borró con la luz. Entonces el tiempo, que esta muy involucrado con esa acción, es una amenaza enorme para la fotografía al mismo tiempo que es lo que tiene”.

Los sistemas de conservación actuales proponen el cambio constante de formato, para que la información no quede en soportes obsoletos que después no puedan leerse. De esta forma, la digitalización en materia fotográfica es fundamental, pero Weinstein igual cree que algo se pierde en el traspaso. “Se pierde, siempre se pierde y es complicado porque ya se perdió cuando lo hiciste foto, se perdió mucho cuando lo hiciste foto... cuando la cuestión estaba ocurriendo era más, estaban todas las posibilidades, todos los otros que podrían haberlo mirado por allá, más todos los posibles lentes con los que podrías haberlo tomado, más todas las posibles emulsiones con las que podrías haberla registrado y todos los posibles procesos de esas emulsiones... de todas esas fuiste tomando sólo una, ya lo despojaste de un montón de cosas”.

Pero esta elección es lo que finalmente vale en términos artísticos: arriesgarse por una perspectiva, que incluso si se fotografía con dos cámaras distintas la misma escena será única: “He ido con colegas míos a hacer trabajos en que cada uno iba buscando el rinconcito propio y en un momento dado rompimos esa lógica y empezamos a avisarnos de aquello que nos parecía que era relevante, y nos encontramos haciendo la misma foto... Incluso yo tengo una foto en la cual el flash que está iluminándola lo dispara Luis Poirot que estaba al lado mío, y esa foto que yo tengo y la foto que tiene el Lucho no tienen nada que ver, pero nada que ver, es otro espíritu, podría ser hasta otro lugar, aunque es la misma señora, la misma gallina, el mismo perro abajo de la mesa, el mismo mantel de cuadros... es lo mismo pero no tiene nada que ver”.

Esta decisión está mediada hoy por las infinitas posibilidades de la fotografía digital, que permite tomar muchas fotos y después elegir, no como con la fotografía análoga en que el error es más caro y cada foto se cuida. Weinstein no está ajeno a los nuevos avances tecnológicos, pero de todas formas sigue ocupando su vieja cámara análoga, que lleva colgada al cuello vaya donde vaya. “La gracia, la de aquellos que lo hacen bien, es lograr presentarte esta especie de destilado, que represente muchas cosas en una sola imagen y eso es lo interesante, que te evoquen muchas otras pero siendo una sola”.


(Entrevista realizada en el 2008 para una revista que finalmente no la publicó: cambios de editor, etc. Para que no se pierda, y porque creo que tiene cosas interesantes, la dejo aquí)

viernes, 24 de octubre de 2008

Último día de Il Succeso

Hoy es el último día de Il Succeso de Amunátegui con Alameda. Me enteré de casualidad anoche, tarde, comiendo un sándwich y tomando una cerveza en la barra del local. Nunca había entrado, no sé porque me animé esta vez (en realidad si sé: estaba muerto de hambre y tenía ganas de comer un buen barros luco y pasaba por ahí) y justo me tocó ser de los últimos clientes que tendrán. El cocinero se lo dijo sin mucho dramatismo a un parroquiano que comía un completo al lado mío. “Todos despedidos, aunque yo encontré pega al tiro en un Dominó”. El hombre, avezado en la plancha, trabaja desde el 89 en cocinas de fuentes de soda del centro, luego de llegar de Temuco.

¿Y por qué se cierra? El dueño, un español según entendí, va a ganar lo mismo que deja el local mensualmente arrendándoselo a Farmacias Cruz Verde. Esta sucursal de Il Succeso duró cerca de 25 años en esa esquina. Y hoy no habrá nada especial: sólo será el último día de otro local antiguo que se cierra.

(A.F.)

martes, 10 de junio de 2008

La necesidad de nombrar

Por José Miguel Ruiz

En general nos movemos por el mundo sin nombrar las cosas. Vemos, por ejemplo, un pájaro en una rama y decimos que es un pájaro y donde está... en un "árbol". No decimos "es un tordo en un cedro", "una eufemita en el magnolio", "una loica en el espino", "un zorzal en el abeto", y si bajamos la vista no sabemos llamar a la vincapervinca, al helecho, a las pequeñas plantas que hallamos y hollamos a nuestro paso. Somos un poco, o bastante, extranjeros en este mundo. Caminamos sin poder nombrar. Nos faltan las palabras precisas. Paseamos por la plaza y pocos son capaces de llamar a cada árbol por su nombre.

Qué distinto sería todo si pudiéramos reconocer a los árboles y plantas que encontramos por cualquier parte y darles su nombre exacto (no estoy pensando en la terminología científica, propia de los especialistas): plátanos orientales, álamos, olivos, cedros, abetos, abedules, encinas, ceibos, cipreses, laureles, magnolios, pimientos, sauces, eucaliptos, jacarandaes, aromos, acacios, ficus, boldos, peumos, litres, canelos, saucos, gomeros, buganvillias, abutilones, jazmines de España, jazmines del cabo, la flor de la pluma, madreselvas, diamelos, lilas, maitenes, el cedrón, camelias, laurel, rosa, fucsias, hortensias, espuelas de galán, achiras, fresias, azucenas, lirios, jacintos, narcisos, violetas, la flor del loto, acantos, docas, agaves, crategus, ligustrinas, nogales, paltos, damascos, granados, ciruelos, almendros (no decimos etcétera todavía, de adrede, por el solo gusto de nombrar), higueros, maquis, papayos, y muchos más. O ir por la ribera y poder nombrar a cada una de las hierbas que encontramos. Nos sentiríamos más en casa, más parte de este planeta nuestro, tan diverso, tan pleno de elementos y cosas por nombrar.

Pero se enseña poco el nombre de las plantas. En los colegios debería al menos un ejemplar de cada especie de árbol tener escrito su nombre. El profesor de Ciencias Naturales quizás podría llevar "a terreno" a sus alumnos y ponerlos en contacto con "el mundo en que vivimos", enseñarles a reconocer y a nombrar la naturaleza y con ello crear "la necesidad de nombrar". Una salida al campo, a las plazas, sería muchas veces más útil que el permanecer entre las paredes de la sala de clases. Aprenderían nuestro niños y jóvenes los nombres de los que nos acompaña a diario, de la vida en otra de sus manifestaciones, y de ahí al respeto por la naturaleza hay sólo un paso. Se respeta más lo que nombramos. Con el nombre las cosas salen de su "ser-genérico" y se nos hacen familiares.

Un día supimos de un profesor que le pidió a un joven que no estaba muy interesado en clases que saliera al patio y que le trajera anotado en su cuaderno los nombres de cada uno de los árboles y de las plantas que hallara. Este regresó sólo con un par de nombres y con el descubrimiento de que vivía en un mundo ignorando mucho de lo cotidiano de su entorno. En el fondo, era un extranjero en su propio colegio.

Mirar en la noche las estrellas y contemplarlas ya es mucho, y hermoso; pero cuando estas empiezan a ser nombradas. Orión, las Tres Marías, la Cruz del Sur, Escorpión, las Pléyades, la Constelación del Toro, ocurre que nos sentimos parte no sólo del planeta sino de un universo que empezamos a reconocer y a nombrar. Somos, entonces, ciudadanos del mundo y del universo.

Ver volar las aves y llamarlas por su nombre: queltehues, tordos, zorzales, jilgueros, loicas, triles, tencas, perdices, diucas, codornices, tortolitas, gorriones, gaviotas, alcatraces, cormoranes, y reconocer la solitaria eufemita, o con su pareja, libando en los abutilones, el escurridizo chercán, el casi doméstico chincol, el búho, la lechuza, el tiuque, el jote, todo esto contribuirá a hacernos menos solitarios, a que nuestras raíces se extiendan en nuestro planeta o, al menos, en nuestro lugar cotidiano. Y no pensemos que haya que aprender siempre estos nombres en los libros, ni en el jardín botánico ni en el zoológico, sino donde están mejor que en ninguna parte; ahí en nuestro entorno.

Alguien, o todos, en la escuela tiene que enseñar a nombrar lo que nos rodea, y ese maestro será inolvidable, porque generó en sus alumnos "la necesidad de nombrar". Con ello, cada uno podrá decir: "Vivo en un mundo que nombro, esto es, próximo, conocido, familiar...". En suma, en donde, en mayor medida, sabemos cómo nos llamamos. Desde allí, lo fraterno está más cerca.

(Publicado originalmente en El Líder de San Antonio el 6 de noviembre de 2001)

martes, 20 de mayo de 2008

Entrevista a Rodolphe Gasché


El académico de la Universidad de Buffalo, Rodolphe Gasché, estuvo en Chile invitado por el Doctorado en Filosofía con mención en Estética e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Ofreció una conferencia titulada "Europa o el Olvido de Occidente" y por mi trabajo me tocó entrevistarlo (¡mi primera entrevista en inglés! ) , así que aquí publico la introducción y el link, para quienes quieran leerla.



por A.F.C.

Es la primera vez que Rodolphe Gasché (Luxemburgo, 1938) está en Sudamérica y dice que prefiere no intentar hablar castellano, porque probablemente sólo le saldrían palabras en italiano. Así, la conversación se desarrolla en inglés, idioma en que ha escrito sus trabajos más importantes y que utiliza como profesor en el Departamento de Literatura Comparada de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, donde trabaja hace más de 20 años.

Es un hombre tímido y gentil, que no parece muy consciente de su gran prestigio internacional. Especialista en Fenomenología y particularmente en autores como Heidegger, Husserl y Derrida, ha publicado una decena de libros y más de 120 artículos, y es reconocido principalmente por haber aclarado el valor propiamente filosófico de la obra de Derrida, en momentos en que era patrimonio de la crítica literaria.

(La entrevista completa, aquí)

viernes, 2 de mayo de 2008

Rafael Díaz: "La música es una forma de retirarse a lo esencial"

Artículo publicado originalmente en el portal www.artes.uchile.cl. Se incluye aquí una versión menos institucional.

por A. F. C.


Hay personas que crean atmósfera. Rafael Díaz logra hacerlo en un café del centro, luego de un lunes de trabajo, frente a un desconocido que lo hace hablar de sí mismo. El compositor se expresa con soltura, sin apuros y con un aire nostálgico que evoca a Jorge Teillier. Esto no es raro: ha compuesto varias obras basadas en textos del poeta, con quien siente una particular afinidad. Se ve que comparten una visión de mundo, un ritmo, una búsqueda.

En sus obras también se encuentran versos de Rilke, de Neruda, de Zurita, fragmentos de las memorias de Pascual Coña, y también versos propios. Todo amalgamado con su música, que es su forma de huir del tiempo, del "horror de lo sucesivo". Ha publicado dos discos: "El sur comienza en el patio de mi casa. Radioteatros", de 1999, y "La otra orilla", de 2004.

Un lugar para poder estar

Luego de vivir un tiempo en Berlín, acaba de llegar a hacer clases a la Universidad de Chile y reconoce que varias cosas han cambiado desde su época de estudiante: ahora hay una mejor infraestructura y al mismo tiempo los alumnos son muy distintos a los de su generación. Tienen otro ritmo, un aceleramiento que lo descoloca.

Aclara que él fue joven en los años 80, cuando aún no era tan rápida la vida y la composición se convertía en ese momento en un refugio ante la agresión del ambiente: "Tenía una tremenda necesidad de autorregularme respecto a lo externo, de poner algo entre el horror de vivir en lo sucesivo de todos los días, con incertidumbre, con pelotera política, con restricciones cabales de libertad de expresión... había que oponer algo respecto a eso. Entonces para mí la música siempre fue una especie de lugar para poder estar".

Por ello, cree que lo más que puede ofrecer a sus alumnos es justamente ayudarlos a encontrar ese refugio propio. "Debe ser difícil para un joven de hoy encontrar una razón para componer. Si no la encuentra en el fondo de sí mismo, en el exterior no la va a encontrar. Nada promueve su trabajo artístico", afirma, agregando que sólo una búsqueda personal justifica seguir esta carrera: "No sirve para ganarse la vida -al contrario, te la complica-, no sirve para hacer una carrera propiamente tal, porque a nadie le interesa, y te deja muy descolocado en términos de subsistencia. Para lo único que podría servir es para que te construyas a ti mismo un espacio-tiempo aparte, un lugar donde no vives devorado por el Cronos".

Rafael Díaz cree en el arte como un retiro personal, como una forma de hacer más llevadera la existencia: "Para mí el horror de lo sucesivo significa estar todos los días repitiendo los días y sentir como te desgastan. La música es una forma de poder encontrar un remanso en el tiempo, un paréntesis. Eso sirve para vivir".

El lar de Río Cisnes

El compositor vivió parte de su infancia en un pequeño pueblo sureño llamado Río Cisnes, cerca de Coyhaique, donde su padre fue literalmente a "hacer patria", colonizando una zona deshabitada. Allí conoció la soledad y la belleza del sur, que comenzaba "en el patio de su casa".

Pese a vivir sólo tres años en esa localidad, Díaz encarnó los bosques y años después evocaría con violines aquella multitud de pájaros que escuchaba chirriar a las 5 de la mañana, en su obra "Pascual Coña recuerda". Allí, en la música, pudo construir su propio bosque. Aunque de todos modos, confiesa que no puede dejar de pasar al menos una vez al año al sur.

Pero antes de partir a Río Cisnes, a los 5 años, tuvo sus primeros encuentros con la música. "En mi casa había una radio que sonaba tarde, mal y nunca, pero era mi gran devoción pararme frente a ella". Allí recuerda haber quedado "electrizado" escuchando canciones de Inti Illimani, Los Jaivas y Rolando Alarcón, quien era su músico favorito, pues fue el primero que vio actuar en vivo, a una cuadra de su casa. "Eran canciones, entonces para mí la música nunca estuvo desligada de la palabra".

Ahora sigue escuchando radio día y noche, pues siente que es un medio que permite la comunión con los otros. Su primer disco, incluso, está planteado como una colección de radioteatros, ya que "el radioteatro es un género que tiende a concebir la obra de arte como algo para ser radiado, no para ser visto en ejecución pública. Ese primer disco no es más que eso, radioteatros musicales, o teatro para oír, no para ver", dice.

“Yo hago la música que necesito hacer”

Hombre de inquietudes religiosas, Rafael Díaz creó el año pasado el sitio www.musicasacrachilena.cl, donde recoge piezas que dialogan desde distintas posiciones con el misterio de la fe y de lo sagrado, que él también ha desarrollado en su propia obra. Es una visión amplia de la sacralidad, que incluye la cosmovisión de los pueblos originarios y que no se reduce al catolicismo. "Quizás para el músico es más fácil llegar a la fe, ya que al estar más conectado con lo auditivo, le es más fácil creer en lo que no se puede ver", afirma.

Para el compositor, la música más que una carrera es una necesidad. "Yo hago la música que necesito hacer, y lo que ocurra alrededor la verdad es que no me interesa mucho. No me vinculo a la música por un acto de curiosidad intelectual, me vinculo a la música como una forma de conectarme con mi yo".

A tono con su ritmo interior, con el tempo de la provincia, Rafael Díaz cree finalmente que "todo el mundo necesita vivir un poco pensando en retirarse, realmente la vida es un proceso gradual de retiro". Y la música es un espacio propicio para cumplir ese deseo: "Uno vive micro retiros. Cuando me siento a oír música o cuando me siento a componer, yo me retiro. Pero me retiro al interior de mi mismo... La música es una forma de retirarse a lo esencial".


viernes, 25 de abril de 2008

Pilar Peña, pianista: “Yo nunca quise ser Claudio Arrau”

por A.F.C.



En la música, el trabajo de los intérpretes es fundamental, ya que son ellos los que finalmente rescatan o condenan al silencio las partituras que otros han escrito para sus instrumentos. Pilar Peña se tituló el año pasado de intérprete en piano en el Conservatorio de la Universidad de Chile, y a diferencia de otros colegas que se abocan a los grandes clásicos de todos los tiempos –lo que la mayoría quiere oír-, tiene un interés genuino por tocar música chilena contemporánea.

La joven pianista participó ayer del homenaje que se rindió en la sala Isidora Zegers al compositor y Premio Nacional de Arte, Gustavo Becerra (1925), tocando varias de sus obras. También colaboró en la organización de este concierto, que convocó a otros destacados músicos de la Universidad de Chile como el pianista Cirilo Vila, la contrabajista Alejandra Santa Cruz, el tenor Daniel Farías y el flautista Wilson Padilla, entre otros.

Los músicos animaron este fraterno homenaje con un repertorio que permitió escuchar obras que pocas veces se pueden escuchar. Sobre esto conversamos con Pilar Peña algunos días antes del concierto, para una entrevista que salió publicada en el sitio de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. En ese breve encuentro, me impresionó su madurez y su apasionada forma de encarar la música, la que luego pude apreciar en toda su magnitud en las intensas interpretaciones que hizo de las obras de Becerra.

De esa conversación quiero rescatar algunas de sus palabras:

“Es casi una bandera de lucha tocar música chilena. Es algo que oficialmente, en términos de programas de estudio, no se aborda desde el mundo de la interpretación. Ni en este lugar ni en ningún otro. Es algo lamentable pero cierto. O quizás no se aborda como debiera, no tiene la importancia que debiera tener... Nadie que yo sepa se ha detenido a estudiar cómo incorporar al mundo de la Academia a la música contemporánea y la música chilena”.

“Yo nunca quise ser Claudio Arrau, nunca quise irme al mundo a dar giras y conciertos de Rachmaninov y ser un genio. Más bien quería encontrar el sentido que había detrás de lo que yo hago pero abriéndolo a la sociedad... Es una cuestión de identidad musical de la cual nosotros carecemos porque las circunstancias de la formación se dan así, y quizás es un circulo vicioso, porque la gente que se forma después es la que enseña y así sucesivamente”.

“En definitiva, la música chilena es este momento es una cuestión de principios, de ética, de identidad. Cuando observo a personas como Fernando García, Cirilo Vila, Luis Advis, que lucharon la vida entera por hacer este espacio del cual yo me nutrí durante todos los años de mi vida que estudié, no puedo sino tratar de seguir el camino”.


domingo, 13 de abril de 2008

Santiago la horrible

Por Guillermo Carrasco Notario
(Artículo publicado originalmente en la revista "Punto Final")

Acaba de llegar a las librerías la obra “Atmósferas” (Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2006, 75 páginas), del alemán Peter Zumthor. En un tono coloquial, a veces frívolo, el autor va describiendo los elementos que a su juicio conforman ese misterioso hechizo de las ciudades antiguas, o el fuerte magnetismo de un edificio que invita a permanecer en él porque tiene una atmósfera propicia, en la que se conjugan armoniosamente la luz, el sonido, la temperatura, las relaciones volumétricas, etc. Zumthor da las pautas para desglosar en nueve puntos clave la compleja conjunción de estímulos sensoriales que englobamos bajo el término atmósfera cuando, por ejemplo, nos referimos a ciudades como Cuzco, Roma o Estambul, en las que una trama poderosa de texturas, sonidos, olores y formas nos envuelve despertándonos todos los sentidos. Sin embargo es sabido que las partes no explican el todo, lo que ocurre con el desenfadado ensayo de Zumthor, que termina disipando cualquier atmósfera en la enumeración y descripción de sus elementos constitutivos.

Tendría que haber partido hablando de la ceguera del ojo y la clarividencia de la piel, de otro modo es imposible comprender aquello que llamamos atmósfera, experiencia en la que el mundo nos envuelve en lo que podríamos llamar una visión periférica desenfocada, dialogando además con todos nuestros sentidos, por el contrario de la visión enfocada del ojo que mira a la distancia, separándonos del mundo. Nada más a propósito para hablar de esto que nuestra Santiago. Cuando se contempla un grabado del s. XIX, de los muchos que hicieron los viajeros europeos que pasaron por Chile o, mejor aún, cuando miramos una fotografía de fines de 1800, la clásica tomada desde el cerro Santa Lucía o aquella otra menos conocida, tomada desde la calle Carmen en la que aparecen las casas de fachada continua, los tejados, y atrás la agreste mole del Santa Lucía, con la roca viva, antes de los jardineos de Vicuña Mackenna, ciertamente estamos contemplando una ciudad muy distinta de nuestra esclerosada Santiago de hoy; pero también un mundo completamente otro.

En aquel Santiago las distancias se medían con las piernas y los portales de las construcciones eran una mediación mágica entre el mundo de lo público y lo privado. Los lustrosos pomos de bronce de las puertas habían sido bruñidos por varias generaciones de manos, que de alguna misteriosa manera también habían dejado algo de su calor en el metal de la puerta, entibiándolo con la familiaridad del mundo doméstico. Las calles, de fachadas blanqueadas demasiado monótonas y villanas según la opinión de María Graham, tenían en el barro de su enlucido la huella digital del albañil y el tamaño exacto del rol que su propietario se figuraba en la sociedad.

El aire que corría por esas calles venía cargado con el aroma de las huertas secretas en el corazón de aquellas casas, del excremento de los caballos, del humo de los fogones, del sudor que se filtraba desde las axilas haciendo más densas las ropas, de la orina en los rincones propicios, del pescado seco, de las especias, de la manteca y otras tantas mercancías de los ambulantes que recorrían la ciudad con sus pregones, que venían a mezclarse al traqueteo de las carretas, al murmullo de las acequias, a las sonoras vibraciones de las muchas campanas. Pero también era presencia viva en el Santiago de entonces una oralidad muy rica, que mantenía en la boca del pueblo la historia de la ciudad. Vicuña Mackenna, Daniel Riquelme y Justo Abel Rosales son historiadores que supieron recoger de aquella fuente oral la fuerza de muchas de sus páginas sobre Santiago. Hay en esta visión de la ciudad captada a partir de una foto antigua un ejercicio imaginativo; pero que podemos encarnar sin mayores problemas en ciudades del presente, como Cuzco en el vecino Perú, o Estambul en Turquía, destruida y humillada según Orhan Pamuk en un acto de amor sádico por los propios estambulíes. Aquellas ciudades tienen en común la atmósfera, que según Zumthor tiene que ver con la calidad propiamente arquitectónica y según yo con una visión periférica y desenfocada del mundo. En otras palabras: son ciudades hechas para todos los sentidos y no únicamente para la vista.

Nada más diferente de aquel Santiago háptico del s. XIX que aquellas construcciones ópticas, transparentes, elevadas, rectas, afiladas, que perfilan el “moderno” oriente de la Capital, resultado de lo que Juhani Pallasmaa entiende por una concepción de la realidad estrictamente visual y en consecuencia separada del cuerpo de las personas que la pueblan, en el entendido que el ojo toma distancia y el tacto acerca. Son edificios no para habitar, sino para mirar simplemente, fruto de una “visión enfocada” del mundo. Edificios hechos a máquina, con materiales (vidrio, plástico, metales esmaltados) que ofrecen al ojo superficies perfectas en su continuidad y eterna lozanía, que han descartado adrede la pátina, la marca del tiempo con su riqueza plástica e histórica. Construcciones que exploran una dimensión espacial carente de tiempo y que son reflejo de nuestro propio temor cultural al envejecimiento y a la carcoma. Aquí la mano ya no se encuentra con el pomo bruñido por otras manos, ni el peso de nuestro cuerpo se mide con el de las puertas de los edificios, que ahora se abren automáticamente por dispositivos ópticos. El uso neurótico del espejo en las construcciones nos envuelve en volúmenes fantasmagóricos en los que nuestra mirada rebota sin poder darnos una idea de las vidas que discurren detrás de esas superficies.

Una ciudad que se desarrolla sin tener en cuenta el cuerpo de quienes la habitan es una ciudad inhumana, entregada a una arquitectura intelectualizada, estrictamente visual e individualista, que nada tiene que ver con el mundo cultural de lo colectivo, que sistemáticamente margina lo popular o lo vernáculo y que da por resultado una ciudad del ojo sin significado para las personas que la habitan. El olfato ha sido clausurado en un ambiente poluto que obstruye las mucosas nasales y el oído torturado con la estridencia ensordecedora de las bocinas y los motores. Una ciudad tal no puede tener atmósfera. Es el fruto de la sistemática destrucción de la realidad heredada, de los recuerdos y de la imaginación, una ciudad que no le habla a los sentidos. Lo que en alguna época fue experiencia cotidiana, hoy es vivencia extraordinaria. Por eso cuando tenemos la oportunidad de viajar a alguna ciudad háptica, ciudad tanto para el olfato, el tacto, el oído y el gusto como para la vista, tenemos la sensación de estar ingresando a un universo nuevo, a un mundo desconocido para nosotros, pobres habitantes de una ciudad abusada por la tiranía del ojo y el desmedro del cuerpo.

In memoriam José Miguel Vicuña (1920-2007). Una crónica póstuma, escrita dos años antes de su muerte.



Breve cita con un hombre de fuego

(22 de octubre de 2005)

por A.F.

“Una casa con hartos árboles” me había dicho. Llegué al lugar indicado: efectivamente había frondosos árboles, en un patio lleno de malezas, un no sé qué de tiempo detenido, serenamente antiguo. Un hombre mayor se asoma. “¿Si? ¿Qué desea? ¿Para qué lo quiere? ¿Viene a vender algo o es poeta?”. Luego supe que era su hijo. Me hizo pasar al living. Dentro, una luz mortecina, muebles viejos, el ventanal hacia un patio interior que parecía extenso. Se respiran los años. La casa, sin embargo, ya está vendida a una empresa constructora, al igual que las de sus vecinos. “Siéntese y espere, lo voy a buscar”. Había un silencio de tiempo detenido. Momentos después apareció el poeta. Una larga barba blanca, largas cejas grises, ojos oscuros, amable, se sienta a mi lado y comienza la plática.

Su nombre es José Miguel Vicuña. Fui a verlo porque supe que conoció a mi tío abuelo, de quien estoy escribiendo algo. Tiene 85 años, que conserva totalmente lúcido y entusiasta al hablar de poesía. Su señora, la poetisa Eliana Navarro, en ese momento estaba en cama, no muy bien de salud. “Parece que a ella le ha afectado más el paso del tiempo”, me dice, melancólico. Hace 50 años fundó, junto a Carlos René Correa, el “Grupo Fuego de la Poesía”: “La idea fue mía. Convencí a Carlos René, que quería hacer una cooperativa de poetas, para publicar libros. Pero esas cosas no funcionan, los dos primeros publican y los demás sólo pierden plata –dice riendo. Le propuse que hiciéramos algo distinto”. Quiso formar un grupo de poetas que se reuniera una vez al mes a almorzar y compartir, conversar de poesía, de la vida. Inicialmente había cerca de 30 poetas. Las primeras reuniones fueron en el Círculo de Periodistas. Luego el Grupo se fue extendiendo, renovando. “En esa reunión inicial no estaba tu tío abuelo, pero llegó pronto”, me dice. Juan Florit, el personaje en cuestión, perteneció a cuanta organización poética existiera. Me dice que era muy simpático, pero que no cultivaron una relación profunda. “Me invitó varias veces a su casa, pero nunca pude ir. Yo vivía en La Florida, él en la Gran Avenida. Había bastante diálogo, pero no fue una amistad mayor”.

Por el Grupo Fuego han pasado muchos poetas. Aún se reúnen a almorzar una vez al mes, me cuenta, mientras toma su café. Siempre hay cerca de 30, 40 personas. Ha estado presente alguna vez Gerardo Diego, y otros extranjeros que han andado de visita en Chile. Tienen un sello editorial que funciona en la práctica como autoedición: el autor tiene que financiar su obra, recurriendo –como es clásico- a la venta anticipada de ejemplares a sus amigos. “Hemos sacado cerca de 150 libros, pocos para los años que llevamos. Deberíamos haber sacado 500”.

Don José Miguel es un hombre que ríe. Ríe al recordar anécdotas, al expresar sus pensamientos. Arde con la poesía, su compañera de toda la vida, con la que lleva casi tantos años como con su esposa Eliana, con quien se casó muy joven. Antes de irme, me regala su libro “Elemento y Súplica”, que lleva también el sello del Grupo Fuego (2000), y me cuenta que tiene un libro terminado, que está en manos del editor. Pero no sabe cuándo va a aparecer, pues se requiere algo de plata que no tiene. “Entiendo que este sería el último, porque ya estoy demasiado viejo”, dice risueño. En realidad parece de una edad indeterminada, como un viejo personaje de novela. De todas formas, como dice en “Testamento”: “No importa, pues, que caiga /este telón de tierra, /cuando otras primaveras /insinúan su andar”.